¿Por qué no necesitamos reality shows?

Durante años, la televisión ha sido un elemento clave en la socialización. En el pasado, la socialización se daba principalmente en espacios naturales como plazas y entre grupos de amigos (Arnett, 1995; Maccoby, 2007; Grusec y Hastings, 2007). Antes de la llegada del cable y otras plataformas, quienes vivimos en la década de los 80 considerábamos lo que decía la televisión abierta como una verdad incuestionable. Solo nos atrevíamos a cuestionar lo que se transmitía cuando la postura política era demasiado evidente o contradecía nuestras experiencias personales. En un intento por distraernos de la violencia, quedábamos hipnotizados por programas como Sábados Gigantes o Cachureos, sin ser conscientes de la perversión, misoginia y maltrato que podían existir en esos espacios, aspectos que han sido ampliamente cubiertos por diversas editoriales de prensa.

En los últimos 20 años, con la explosión de las redes sociales, el cable, las plataformas de streaming y la misma televisión abierta, estos medios han sido utilizados para mantener maquinarias de producción que terminan alienando a las personas. Es en este contexto que surge el formato de «reality show», que, de manera poco orgánica, encierra a personas en un entorno controlado, haciéndoles pasar por situaciones conflictivas, competitivas, coercitivas y violentas. Esto tiene como objetivo que los telespectadores, en un intento por creer en lo que sucede, se obsesionen con dinámicas manipuladas por profesionales con una evidente falta de ética, entre ellos médicos y psicólogos.

Para escribir esta columna, realicé una observación de escenas icónicas de este formato y, claramente, las más vistas y con mayor audiencia son aquellas que presentan características de patologías psiquiátricas. Estas patologías, emblemáticas y perjudiciales para la salud mental de una sociedad, normalizan comportamientos alejados del equilibrio y la salud afectiva, psicológica y relacional.

No es tan diferente de las horas de “entretenimiento” o “realidad” que ofrecen los programas matutinos y los noticieros. Todo lo que intentamos sanar en terapia los especialistas de esta área se ve, muchas veces, contrarrestado por estas producciones audiovisuales.

Para una persona con altos niveles de ansiedad, ver estos escenarios le proporciona más elementos ansiógenos y perversos que alimentan el sensacionalismo. Además, estos espacios generan programas de conversación crítica destructiva y voyerista, reforzados por tandas publicitarias misóginas que rozan la violencia simbólica.

A pesar de lo que uno pueda pensar, esto es un trabajo serio para las personas involucradas en estos programas. Es aquí donde me pregunto: ¿cuán alejadas están las leyes que protegen a quienes trabajan en estos entornos? Si la nueva ley Karin fortalece los artículos del Código del Trabajo que protegen contra el acoso y el hostigamiento, ¿qué pasa con estos círculos que naturalizan la violencia?

Parece haber una constante intención, por parte de gran parte de la televisión abierta, de idiotizar a las personas, eliminando toda posibilidad de desarrollar un pensamiento crítico. Esto se consigue fácilmente en una sociedad altamente adicta a los «shots» de dopamina que generan los «likes» en las redes sociales y que está permanentemente ansiosa. Con todo esto… ¿usted cree que necesitamos más reality shows?

Por Susam Acuña Donoso. Psicóloga Clínica Educacional.